jueves, 6 de enero de 2011

Trans-Guadarrama (III) -La caridad cristiana-

Nuevo día en nuestra aventura particular. La noche ha sido, cuanto menos, calurosa. Los tres metidos dentro de la tienda de campaña hace que uno acabe con el saco completamente abierto y quitándose la camiseta, aunque fuera haga frío y bastante humedad.

Lo primero que hacemos al salir de la tienda es mirar directamente al cielo. Ya hemos tenido suficiente agua para mucho tiempo con el día anterior y pernoctar esta noche en medio de la montaña sin techo bajo el que plantar la tienda, si se repite la tormenta eléctrica, puede ser peligroso, muy peligroso. Por la parte segoviana el cielo está negro como la panza de un grillo, por la madrileña un poco más despejado. SP nos arenga con su estoica llamada a la aventura perpetua. En lo que a mí respecta, pienso que es mejor no internarse en algo de lo que más tarde difícilmente podremos salir. A PPG en el fondo le da igual. Ha vivido sólo con el primer día de Trans-Guadarrama su primera gran aventura montañera (si descontamos el esguince al final de la cuerda larga). Mirándole a los ojos puedo decir que si nos vamos a casa en ese mismo instante ya casi se daría por satisfecho. Claro, eso siempre que SP se vaya también, porque ahí subsiste el continuado y enconado pique por saber quién será el primero en morder el polvo.

Prudentemente decidimos bajar al valle, hasta Lozoy (y hasta aquí puedo leer, que estas cosas las carga el diablo y las rimas son muy malas) De ahí marcharemos hasta Rascafría y si lo vemos muy mal nos cogemos el autobús y de vuelta a Madrid.

Lo primero que hay que hacer, una vez todo recogido y la basura en el contenedor más próximo, es bajar once quilómetros por la carretera. Tengo que reconocer que no me gusta nada caminar por el asfalto, pero el cambio de las botas a las zapatillas lo hace más fácil. Bajamos a ritmo rápido y sobre las 12 y media estamos en el pueblo. Entramos bien cargados y llamamos a casa desde enfrente de la iglesia para que las familias no se preocupen. Una vuelta por el pueblo, SP liga con las lugareñas (todas menores de edad, jajajajajaja) y acabamos en el bar pegándonos una buena zampada.


¡Ahora sí! Paso Canadiense

Lozoy (a)

Es en este punto cuando me doy cuenta de que mi cámara ha perdido su vitalidad. Ha decido abandonarnos, dirigirse hacia el cielo de las cámaras digitales y ya no funcionará más en el resto del camino. Mis compañeros no han traído consigo aparato fotográfico alguno, así que no voy a poder ilustrarles, queridos lectores, a partir de ahora, más que con fotografías extraídas de la red.

Acabamos de comer y al salir del bar vemos como el cielo se ha nublado por completo. A la salida del pueblo nos ponemos las capas de agua previendo otra chopada monumental, pero cada poco rato nos las quitamos y nos las ponemos porque no acaba de arrancar a llover. El camino sigue la orilla del embalse de la Pinilla y es bastante tranquilo. Nos pasa mucha gente con las bicicletas por un camino bien marcado y conservado y libre de vehículos a motor.
Embalse de la Pinilla

Vamos pasando pueblos y pedanías, huertas y cementerios, iglesias y granjas y a nuestra derecha observamos con alivio la sierra. Las cumbres permanecen ocultas por un mar de nubes negras que no auguran nada bueno. Hemos tomado la decisión correcta.
Sierra tras El Paular

El camino es sencillo por su orografía, pero la paliza del día anterior y los quilómetros acumulados nos pasan factura. A cada cual le cuesta más caminar. Por lo menos el trayecto se hace ameno contándonos las diferentes aventuras vividas durante nuestros veranos iberoamericanos en Uruguay, R. Dominicana y Ecuador respectivamente.  Por fin llegamos a Rascafría, al pueblo, así que ya sólo nos quedan un par de quilómetros más hasta el albergue juvenil Los Batanes. Ahora es cuando empieza la verdadera aventura del día.

Dado que no habíamos pensado en pernoctar en el albergue no hemos reservado sitio. Llegamos con la esperanza de encontrar una cama y una ducha. Ay almas cándidas... eso no va a ser posible. Hablamos con la chica de la recepción y lamenta tener todo lleno. De hecho se queja de que gente como nosotros, con las mochilas y evidentemente jóvenes no tengamos sitio en el albergue, mientras parte del establecimiento está lleno de abuelos con nietos. Junto con ella, la señora de la limpieza y uno de los encargados tratamos de buscar alguna solución que nos permita dormir esa noche bajo techado dado que a la altura donde estamos no está permitida la acampada libre y no hay ningún camping cerca. De repente a alguien se le ocurre una solución. En el Monasterio de El Paular, justo a 400 metros, pasado el puente del Perdón y la carretera, los monjes tienen una hospedería sólo para hombres (requisito que cumplimos).

Después de pensarlo y unos buenos estiramientos (benditos estiramientos, que yo no puedo ya ni con el alma) nos echamos la mochila al hombro camino del monasterio. Ya dentro de El Paular, junto a la puerta de la iglesia, una pequeña puerta nos conduce a una habitación, una especie de tienda donde nos encontramos a dos hermanos benedictinos. Su primera mirada ya nos choca. Vale que no somos el paradigma de la pulcritud, es lo que tiene llevar 50 quilómetros deambulando por la montaña bajo rayos y centellas. Les pregunto por la hospedería y directamente me dice el primero de los hermanos que no hay sitio: ¡mentira! Permitid que sea así de brusco, pero me apuesto el dedo meñique del pie izquierdo y no lo pierdo a que la hospedería no está llena. Les contamos nuestro situación y lo único que nos dicen es que uno tiene que quedarse en la hospedería un mínimo de 3 días y que, si eso, nos busquemos un hotel por el pueblo. Nos despedimos rápidamente y salimos de allí en dirección hacia el albergue.

Mirad, no es que no tengan razón con lo de los 3 días, que es completamente cierto tal y como se puede comprobar en su página en internet. Lo que sí es verdad es que al salir me siento  bastante decepcionado. No han perdido ni un minuto en ayudarnos, nos han despachado como si por allí no hubiera pasado nadie con un problema que solucionar. Siempre creí que sería diferente en un monasterio, que al viajero, aunque no se le pudiese ayudar se le trataría de otra manera. Éste, desde luego, no ha sido el caso.

Sin embargo, tenemos suerte al regresar al albergue. Entre todos buscamos una solución y nos dejan un viejo barracón abandonado donde poder pernoctar. No es un hotelazo, ni falta que nos hace. Nos dejan utilizar los baños del albergue y hasta rellenar nuestras botellas de agua, cosa que no nos han ofrecido en el monasterio. La verdad es que a esa gente les debemos una. Se lo agradecemos lo mejor que podemos y, aunque tarde y sin poder poner sus nombre porque no los recuerdo, desde este blog hago a todos partícipes de nuestra enorme gratitud. A veces el hábito no hace al monje y la caridad cristiana te la encuentras donde menos te lo esperas.

Ha sido un día movido, sobre todo la parte final. Mañana regresamos a la ruta original con la subida hasta Cotos y la llegada a Navacerrada. Es domingo y seguro que nos encontramos a mucha gente. Eso sí, por el momento los días están proporcionándonos buenas sorpresas y la experiencia juntos está siendo de lo más enriquecedora. A cerrar los ojos ya disfrutar del calor del saco. Buenas noches...

(CONTINUARÁ)

domingo, 2 de enero de 2011

El GPS y la teoría del No-Camino

De nuevo llega la Navidad y hay ciertas tradiciones que deben respetarse. Hay quien llena la casa de bolas de colores, nacimientos y Papá Noeles, hay quien se pasa el día comprando regalos en las tiendas y centros comerciales o quien no sale de la cocina para que las comidas familiares sean exquisitas (por mucho que nadie sea capaz de saborear nada más después de las patagruélicas zampadas). No voy a negar que en parte me dedique a tales menesteres, porque lo hago, pero hay una tradición especial que voy a tratar de repetir mientras mi destino profesional me lo permita: la salida navideña a la montaña con mi amigo JR. En los últimos años hemos tenido todo tipo de experiencias, en alguna ocasión acompañados de LP, la mujer de JR.
Parte de la ruta

Como no podía ser menos, este año repetíamos y, aunque la ruta no se decidió hasta el día anterior a nuestra salida a última hora, ha resultado todo sobre la media de nuestras anteriores experiencias. Salimos de Castellón a las ocho y media de la mañana con destino a Lucena del Cid. Paradita en Figueroles para comprar el pan y un rato más de conducción hasta el Mas de la Costa. Dejamos el clásico Ibiza, que tantos años hace que nos acompaña, sobre una antigua hera y comenzamos la caminata pasando junto a una de las antiguas escuelas rurales diseminadas por el término municipal de Lucena, en este caso rehabilitada hace años por el Centro Excursionista de Valencia. Nosotros, tras alguna duda inicial, tomamos el PR-V-79 en dirección a la base de Peñagolosa.
Valle del Rio Lucena con Lucena del Cid al fondo
Al fondo la Sierra de Espadán


Dejamos el Ibiza y comenzamos a andar



Al fondo la Lloma Bernat




Con mi sabina particular

Poco a poco fuimos ascendiendo hasta alcanzar la Lloma saltadora. Aquí el PR se une durante un par de quilómetros a una pista por la que discurre el Pas Reial d'Aragó. Éste es similar a las cañadas reales de Castilla, preparado para la transhumancia, aunque hoy en día el escaso volumen de rebaños que pasan largas temporadas en el norte o en el sur en función de las temperaturas ha hecho que este antiquísimo camino esté perdido en muchos de sus tramos.
Penyagolosa, gegant de pedra, la teua testa plena de neu, Penyagolosa, Penyagolosa, a la tempesta, al sol i al vent. I és la senyera del poble meu

En el mas del Collado nos desviamos a la izquierda para comenzar la circular a Peñagolosa. A nuestra derecha, a lo lejos, podemos observar Gargant y Chodos. También vemos la subida al Marinet, por donde los Peregrinos de Las Useras dirigen sus pasos a San Joan de Peñagolosa una vez al año en silencio y penitencia. Dejamos todo de lado y guiados por el maravilloso pajarito de la "Comunitat" nos dirigimos a la Cueva del Sastre, que yo más bien llamaría abrigo a falta de investigaciones más exhaustivas.
pajarito, pajarito


Cueva del sastre

La circular a Peñagolosa por su cara sur es tremendamente bonita. La inmensa roca acompaña durante gran parte del recorrido y se pasa junto a tupidos pinares alternados con algún roble y muchas encinas. Sobre nuestras cabezas vimos planear gran cantidad de buitres atraídos por algún tipo de carroña no muy lejos de donde nosotros estábamos. Completada la cara sur subimos hacia la plataforma de subida al pico por la nevera de Peñagolosa. Desgraciadamente ésta está completamente cerrada y ni siquiera se les ha ocurrido poner una puerta con verjas para que la gente que se acerque hasta aquí pueda observar el interior de tan inusual infraestructura en la época de las neveras eléctricas y los congeladores.

Pico del Peñagolosa


Fuente del paso


En la base del pico decidimos descansar un rato puesto que nuestros estómagos reclamaban ya animados la pitanza. No subimos al pico, no por falta de ganas de un servidor, sino porque teníamos todavía mucho que andar unido a la incertidumbre de la parte final del camino.
Camino hacia la cima del Peñagolosa

Mmmmmmm... bocata de jamón

Una vez bien lleno el buche continuamos con nuestra circular. Pese a que en esta parte del recorrido encontramos multitud de cabras montesas es de ley reconocer que pierde vistosidad el camino. Sí volvimos a ver Gargant y Chodos, además del refugio de Les Mallaes. Pero como en invierno los días son cortos y no teníamos muchas ganas de sacar los frontales de las mochilas, nos dirigimos a la parte complicada del día. ¿Cómo volver al Mas de la Costa sin repetir lo ya andado? Fácil, uno se acerca a la Masía Sabater, desde ahí a la Gronsa y al Mas de Cres y vuelta al Mas de la Costa... ¿fácil? Pues no señor. Por supuesto no íbamos a seguir el camino "marcado" por el Centro Excursionista de ¿Valencia?, no, no teníamos tiempo para eso. En esta ocasión JR decidió hacer caso al mapa y en un momento determinado al GPS:

-¡Pero si aquí no hay camino!
-Sí, claro que sí, que lo marca el GPS
-Ya lo puede marcar Perry Mason con la silla de ruedas, aquí no hay nada.
-Se habrá perdido un poco, pero siguiendo las indicaciones del GPS seguro que llegamos.

Patinaje sobre hielo en la Font Trobada


Aeroport de Castelló


Gargant en primer plano y Chodos al fondo

¿Camino?

Sí, sí, claro, lo marca el GPS

¡Pues va a ser que no hay camino!

Por supuesto que llegamos, pero al cortado donde ya no podíamos seguir. A lo lejos, a no más de dos o tres quilómetros en línea recta, podíamos ver el coche, pero avanzar era imposible (salvo que el salto base con 10 metros de altura fuese lo nuestro, que no lo es) y empezaba a hacerse de noche. Al final regresamos por donde nos habíamos aventurado, con algún pincho de aliaga de más en las manos, y encontramos de nuevo el PR de subida a poco más de 20 minutos del Mas de la Costa.

Llegamos al coche ya de noche, aunque con suficiente luz como para no tener que encender el frontal. De allí directos a la Masía Les Pedroses, donde encendimos la estufa de leña haciéndola subir a temperaturas insospechadas, una ducha con el agua calentada en ollas sobre la estufa, una buena cena y a sobar al catre.


De vuelta al coche

Una maravillosa salida, con impresionantes vista que cada vez nos refuerza en la idea de que la provincia de Castellón no tiene nada que envidiar a otros sitios de nuestro país en lo que a montaña y sendas se refiere. Quizá sería necesario cuidar más el monte en lugares que se denominan "Parque Natural" dedicando más recursos y de manera más ordenada, en lugar de tirar el dinero en carteles metálicos con logos de diseño que, además, indican mal las direcciones. Quizá un día de estos intentaremos arreglarlo, cuando retome mi vocación frustrada de ingeniero de montes.
agua para la ducha


Un poquito de cena

Al día siguiente todavía nos esperaba una nueva visita a la montaña.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Trans-Guadarrama (II) -le grand déluge-

La lluvia ha dejado de golpear con insistencia la tela de la tienda y para ser nuestro primer día de caminata se está haciendo demasiado tarde. Trato de despertar con alegría a mis compañeros de viaje, pero la noche ha sido de lo más movidita. El panorama es desolador. La Festitent con un charco enorme en la mitad de la lona; la desmontamos, la sacudimos y la dejamos bajo los primeros rayos de sol, tenues, para ver si conseguimos que se seque lo máximo posible. Desmontamos la otra tienda y nos bajamos a desayunar al bar. Un poco de energía para nuestra primera etapa. Visita rápida a la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, donde se conmemora una batalla de guerra de independencia, y a recoger el resto de trastos.
El "charquito"

Nuestra Señora de la Soledad con la mochila en la puerta


Comenzamos a andar realmente tarde y la visión de la niebla subiendo desde el valle nos preocupa. Los primeros pasos se hacen pesados. La mochila está llena hasta los topes y ya para entonces empezamos a pensar en abandonar la Festitent debajo de cualquier árbol. Pronto ascendemos 200 metros para situarnos en los 1.600 m. El hecho de que esté nublado nos permite andar con mayor ligereza pero, aunque la niebla nos ha abandonado, sigue estando presente un poco más abajo, en el madrileño valle del Lozoya.




El camino nos lleva, primero por un frondoso bosque y posteriormente entre subidas y bajadas, por la linde entre las provincias de Madrid y Segovia. Nos paramos un par de veces para recuperar fuerzas y pasamos junto a Colgadizos, ya a 1833m. Es una apacible mañana, un tanto gris, pero la conversación nos hace ameno el camino. Cambiamos pronto de PR, del 34 al 33 y tras las revueltas para subir hasta la peña Berrocosa (que nosotros tomamos en línea recta) descendemos cautelosamente hacia el Puerto de Linera. La visión del valle del Lozoya es preciosa, con las nubes descargando lluvia por debajo nuestro. Una estampa espectacular.



Valle del Lozoya cubierto por la lluvia


Sin embargo el problema se acerca a nosotros paulatinamente. Toca ascender hasta los 2100 metros del Reajo Alto, pero las primeras gotas de la lluvia que hemos conseguido esquivar hasta ese momento comienzan a caer sobre nosotros. Nos refugiamos tras las paredes de un antiguo corral de ganado para recuperar algo de fuerzas, SP tiene hambre, como no puede ser de otra manera (a cada cual su don). Retomamos el camino, sigue lloviendo y el viento se torna más molesto a cada paso. Poco a poco el cielo se va ennegreciendo y comenzamos a oir, a lo lejos, los primeros truenos. En el valle llueve con intensidad, pero a nosotros todavía no nos ha alcanzado la peor parte.

De repente el cielo se encapota, todo se oscurece, contamos los segundos entre rayos y truenos y cada vez son menos. Comienza a llover con fuerza y nos ponemos nuestras capas de agua. Todavía nos queda bastante camino y aunque vamos descendiendo líneas de nivel en el mapa dentro del cómputo global, nos enfrentamos a continuas subidas y bajadas.

En la montaña nunca hay que perder la calma. Siempre hay alguna solución. Alguna vez, con mi amigo Javi, me he perdido relativamente (siempre sabíamos más o menos donde estábamos), nos hemos encontrado con caminos que no eran, lluvia, nieve y heladas, 11 grados bajo cero en un refugio sin calefacción... pero siempre hay alguna manera de salir. Sin embargo, lo que realmente me da un miedo atroz son las tormentas eléctricas y en ese momento nosotros estábamos justo debajo de una de ellas. No tenemos más opciones que, o seguir caminando lo más rápido que pudiéramos, o aplicar alguna de las técnicas de montaña cuando hay tormenta eléctrica que, dado la hora que era y los más de 10 quilómetros que nos quedaban por andar junto con la lluvia arreciando con fuerza, nos conduce a un problema mucho más gordo.

En un momento y sin que se oiga una sola palabra, todos empezamos a andar más rápido. Se ha puesto a diluviar con fuerza minutos antes, pero a ninguno nos importaba ya esa nimiedad. Sólo pensamos que después de tantos años de esfuerzos y estudio ninguno de los tres vamos a poder recoger nuestros diplomas por culpa de un rayo traicionero. Además, como no somos suficientemente masoquistas, a alguno todavía se le ocurre recordar de viva voz los porcentajes de muertos por rayos en nuestro país a lo largo de un año o a preguntar que si un rayo cae a quién prefiere, a un pino o a un senderista. Nunca he visto a nadie andar tan rápido con mochilas de 50 litros como lo hacemos nosotros. Son momentos de angustia y miedo y yo sólo pienso en lanzar el bastón lo más lejos posible para que no actúe de pararrayos.

Nuestro esfuerzo ve su recompensa cuando comenzamos a notar que la tormenta se aleja, pero es sólo un espejismo. En realidad nos persigue. Después de un descenso del ritmo nos tenemos que poner a andar de nuevo a paso ligero. El diluvio universal no ceja en su empeño de caer sobre nuestras cabezas... ¿no serían verdad los miedos del jefe de la aldea de los irreductibles galos?

Llegado un momento la tormenta eléctrica, tal y como había llegado hasta nosotros, se va. Eso sí, el agua se queda haciéndonos compañía. Todavía nos quedan algunos quilómetros para llegar a nuestro destino. Las capas de agua de alguno de nosotros ya no aguanta más y las botas de algún otro parecen una balsa de desagüe más que cualquier otra cosa. El cansancio es patente. No sólo la dureza del camino nos ha sorprendido en la primera etapa, sino que además la tensión de la tormenta ha acabado con nuestra paciencia. Collado tras collado parece que llegamos a nuestro objetivo, pero el destino final se resiste. Llegadas las 7 de la tarde, comenzando a oscurecer, nos damos un collado de margen para tomar alguna decisión, pero al final de la cuesta, tras descender por el sendero de nuevo a 1774 m, encontramos la carretera de Lozoya a Navafría y en una de sus márgenes el refugio de la sociedad de esquí nórdico.

Qué gran alivio llegar hasta allí 35 quilómetros más tarde. Mientras SP y yo buscamos la fuente cercana para hacernos con agua, PPG trata de entrar en calor y deshacerse de la tiritona que le asedia. Rellenadas las botellas, con ropa limpia y caliente (y yo una ducha previa que no se la salta ni un gitano por mucho frío que haga... comiéndoles la moral a mis compañeros, todo sea dicho de paso), montamos la tienda en el porche del refugio -que está cerrado y a cuyo interior resulta imposible acceder-. Con el hornillo nos preparamos la cena y debatimos sobre qué hacer al día siguiente. Las previsiones no son muy buenas y sólo llevamos un día caminando. Al final nos metemos en el saco sin decidir nada. La mañana siguiente nos dará seguro por sí misma la respuesta. Ahora toca descansar de un día muy largo y de nuestro diluvio particular.


La tienda montada dentro del porche del refugio

Preparando la cena



... (CONTINUARÁ)