lunes, 8 de octubre de 2012

GR20 II (HAUT D'ASCO - TIGHJETTU - CASTEL DE VERGIO)





El día comenzó tras una calurosa noche. Rápidamente nos vestimos y nos pusimos a recoger la mochila y desmontar la tienda. Pero ay de nosotros al quitar el sobretecho. Una de las varillas estaba rota. Poco podíamos hacer en ese momento, así que empacamos bien, desayunamos de lo que teníamos y nos subimos al bus que nos llevaría hasta Haut D'Asco.

Para poder llegar hasta el lugar que habíamos planificado como mitad de nuestra tercera etapa el autobús completó un recorrido de dos horas y media y, en la última parte, siguiendo una estrecha carretera de montaña en la que, cada vez que nos cruzábamos con una autocaravana, creíamos despeñarnos montaña abajo. Llegamos por fin al destino. Descargamos las maletas, pagamos al conductor y nos pusimos a ordenar todo con objeto de empezar la aventura.



Haut D'Asco es una antigua estación de esquí reconvertida. En el bar/restaurante existe una pequeña tienda con algunas provisiones. Lo que más me sorprendió ver fue el número importante de latas que vendían, con lo que pesan. Las latas me recordaron inmediatamente a S.M. tratando de llegar desde Casillas a Gredos con un mochilón lleno de ellas. Obviamente desistieron de su intento a los dos días de haber empezado.

Comenzamos la ascensión junto a la pista de esquí, que pronto abandonaríamos. Íbamos sin prisa alguna y a los diez minutos de subir nos encontramos con Jonas, del que os hablé en la entrada anterior.

Jonas se merece un párrafo. Aunque no lo pareciese físicamente, era flamenco. Siempre me extrañó la existencia de gente amante de la montaña en un territorio al que en francés se le conoce por el nombre de le plat pays. En cualquier caso, Jonas daba consejos a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharle. Nos sorprendió enormemente el volumen de su mochila al montarnos en el taxi el día anterior. Pero aún mayor si cabe fue nuestra sorpresa al verle montar, junto a nuestra tienda, un vivac con los bastones y una loneta. ¿qué podía llevar este hombre en la mochila con tal ligero refugio? Una duda trascendental que, a estas alturas, todavía no hemos podido resolver. El caso es que tras diez minutos de ascensión, como os relataba, nos lo encontramos sudado hasta lo más profundo de su ser. Sólo alcanzó a pronunciar una frase mientras lo saludábamos: "parece que este año no estoy en forma". Vamos, con ese mochilón ni un mulo podría estar en suficiente forma. No le vimos en el refugio y al final de la travesía alguien nos comentó que había abandonado al día siguiente. Si es que ya lo dice T.R.: "el secreto está en el peso de la mochila".

Fuimos cogiendo altura de a poco, abandonando el bosque y pisando con destreza las grandes rocas graníticas que nos iban a acompañar a partir de entonces y que daban un sabor especial al paisaje alpino que nos rodeaba. 





Desde los 1492m ascendimos hasta los 2183m del Col Perdu, o como lo llaman los corsos, Bocca Tumasginesca. Ante nosotros, el delirio. Bueno, el delirio y el auténtico acongojamiento. A escasos dos metros comenzaba el descenso y posterior ascenso a la parte alta del Circo de la Soledad.



Por supuesto que habíamos oído hablar del Circo de la Soledad, pero su empaque impresiona. Más aún cuando uno agacha la cabeza y mira las cadenas por las que tiene que bajar con entre diez y quince quilos a la espalda.







Seguimos en nuestro descenso a François, con el que compartiríamos buena parte de nuestros días de caminata, realmente auténtico. Nos fuimos haciendo con la situación y a medio camino, con el mar en el horizonte, hicimos un alto para avituallarnos. 

Con energías renovadas afrontamos el ascenso. La verdad sea dicha, el Circo de la Soledad no es técnicamente complejo, pero con todos los quilos que llevábamos en la espalda, con algún paso un poco más expuesto, da miedo a cualquiera. C.G. lo pasó un poco mal y vio la luz casi tres horas después al llegar a Boca Minuta, el collado del otro lado del circo.












A partir de aquí todo bajada, un tanto pesada, hasta el refugio de Tighjettu. Allí llegamos cinco horas y media después de habernos puesto a andar, contentos tras nuestro primer día. Montamos la tienda en uno de los espacios de vivac (bastante expuestos todos), nos aseamos como mandan los cánones de la higiene y probamos nuestros primeros y maravillosos tallarines al pesto. Otros compañeros sempiternos de viaje. Se trata de un refugio bastante moderno y muy bien surtido en lo que a su parte de tienda se refiere. Quizá el mejor de entre los que pudimos visitar.




Para la tienda y su varilla utilizamos cinta americana. Afortunadamente había metido medio rollo en la mochila, lo que nos salvó durante buena parte del viaje, hasta que pudimos encontrar una solución alternativa. Entre el apaño casero y la tensión que le dábamos a los vientos, sobrevivimos sin mayores problemas.




Al día siguiente nos levantamos con las primeras luces, disfrutando de la vista hacia el sur. Recogimos rápido y nos dispusimos a bajar veinte minutos más hasta la bergerie de Ballone, donde desayunamos abundantemente. Desde aquí casi una hora y media de tranquilo pasear rodeando el Paglia Orba, que se eleva a siempre a nuestra derecha hasta los 2525m. Poco a poco girábamos hacia el oeste para encarar el potente desnivel de casi 600 metros, hasta los 1962 de la Bocca di Foggiale y los 1991 del Refugio Ciottulu di i Mori.











En el refugio (demasiado cercano al de Tighjettu, pero a una distancia apropiada para llegar hasta él desde Haut d'Asco saliendo temprano) nos avituallamos con una constante en la montaña corsa: sus embutidos. Eso sí, el guarda no es lo que se puede definir como un dechado de amabilidad.


A partir de este punto el camino desciende por el valle en el que el pequeño torrente va ensanchándose y dando lugar al río Golo, que forma unas preciosas pozas, sobre todo las que están cercanas al puente de madera situado junto a la Bergerie de Radule. Posible punto de final de etapa, con baño de mar dulce asegurado, pero de acuerdo con nuestras informaciones, excesivamente caro para los servicios que ofrece.

Nosotros decidimos continuar y he de reconocer que este último trozo hasta Castel de Vergio se nos hizo excesivamente pesado. El calor nos acompañaba desde primera hora de la mañana y las cerca de siete horas y media que tardamos en alcanzar el objetivo acabaron por agobiarnos.













Castel De Vergio es otra antigua estación de esquí reconvertida. Aún se ven las torres de los remontes, que afean el paisaje de este puerto de montaña. Cuanto menos han sabido adaptarse económicamente a la falta de nieve con nuevos deportes de montaña y un refugio, con zona de acampada y una pequeña tienda. También tienen un hotel para los más exquisitos.

Al llegar plantamos la tienda entre unos árboles, hicimos cena y colada, nos aseamos (buenas duchas en el refugio) y nos dispusimos a descansar el resto de la tarde con tranquilidad.






lunes, 1 de octubre de 2012

GR-20 I (EL INICIO)

Todo comienza en algún momento o lugar. El inicio de esta historia transcurre de manera aletargada, día tras día, en el cuarto de estudio de un opositor.

Durante casi cinco años estuve haciendo planes a la sombra de los libros; planes que soñaba con poder convertir en realidad en cuanto dejase de estudiar. La lista era bien larga. Pero hete aquí que, una vez acabado el estudio, uno debe enfrentarse a la auténtica realidad y no a la esperada y es ésa, muchas veces, la que nos aleja de completar los sueños.

La vida cambia por completo. La mente recorría parsimoniosa un tiempo que ahora faltaba pues nuevas y muy diferentes son las obligaciones. Se llega incluso a la febril hiperactividad, que trata de equilibrar toda la que durante tanto tiempo estuvo ausente.

No obstante, con tiempo y perseverancia algunos de los hitos de esa lista parecen acercarse al momento de ver la luz. Este verano ha tocado cumplir uno de ellos. Era el que me prometía a mí mismo y propuse prometer hacer en cierta noche antes del fin último como hecho ineludible que debía seguir al aprobado: atravesar Córcega de una punta a la otra andando. Vamos, completar el GR-20, para ser más técnicos.

Fuente: http://www.jmrw.com/France/Corse/GR20/pages/2004010FFRP_jpg.htm


Después de varias idas y venidas, propuestas, invitaciones, rechazos, reflexiones y respuestas en uno y otro sentido, decidimos irnos CG y yo solos. No nos vale sólo con compartir espacio vital, sino que decidimos hartarnos hasta la saciedad de vernos la cara todas las vacaciones. 

Sin duda, lo más complicado: llegar a Córcega. Parece que está al lado, ahí, quietita, en medio del Mediterráneo ¿verdad?. Pues no, salvo que se quiera dar un riñón y medio hígado, junto con los ojos, en pago por llegar hasta allí, hay que estar dispuesto a ver pasar las horas en el reloj antes de alcanzar el inicio del ansiado recorrido.

Después de preparar todo concienzudamente y pesar las mochilas mil y una veces, cogimos los bártulos y nos fuimos al aeropuerto. Nos esperaba un vuelo a Barcelona, otro a Niza y, desde allí, un bonito recorrido en ferry hasta Calvi.



Pero la cosa no podía empezar bien. Tengo que mantener la reputación de gafe que tengo entre los amigos de mi ciudad natal (lo he logrado en este viaje). Nada más llegar al aeropuerto, nos dirigimos a facturar y... seis horas de retraso. Le dimos mil vueltas a la manera de solventar el contratiempo, pues perdíamos la conexión y el vuelo del día siguiente iba a aterrizar con muy poco tiempo para lograr embarcar en Niza. Analizamos opciones, buscamos en internet, comparamos precios, salimos y entramos en la zona de embarque y... con una inmensa alegría nos dispusimos a leer revistas y libros hasta que despegase nuestro vuelo.




En el aeropuerto de El Prat me encontré a un antiguo compañero que estaba igual que nosotros, pero volando en sentido contrario. Tuvimos un percance con las maletas (desde aquí agradezco la simpatía del personal de tierra de Iberia) y acabamos cenando algo a altas horas de la noche.



Al día siguiente, después de la correspondiente reclamación (de la que todavía no he obtenido respuesta alguna), volamos de Barcelona a Niza. Nos bajamos del avión corriendo, cogimos las mochilas y salimos de la terminal. A la salida me acerqué al primer taxi que encontré, le pregunté a la taxista si creía que nos podía acercar al puerto en la escasa media hora con que contábamos y nos dijo que lo podía intentar. Era, sin duda, la taxista más choni de toda Niza, pero también de las más eficientes en su Mercedes último modelo. Nos dejó a escasos 100 metros de la zona de embarque, a la que corrimos con las mochilas colgando. CG se cayó estrepitosamente a menos de 20 metros del control de seguridad, con la consiguiente herida sangrante en la pierna. Alcanzamos el control, enseñamos los billetes y...




... logramos montarnos en el barco. Con diez minutos de margen y la idea ya en nuestras mentes, afortunadamente desechada, de pasear aquella noche por Niza, logramos embarcar hacia Córcega.




La travesía fue tranquila, con bastante calor. La nota de color la puso el banco de atunes, que cruzaron de estribor a babor cuando comenzábamos a divisar las costas corsas en el horizonte.



Llegamos a Calvi, con su llamativo recinto amurallado. Poco a poco la gente iba descendiendo hacia el puente de salida. Entre tanto turista se nos acercaron un par de senderistas franceses (como comprenderéis, son fáciles de identificar). Nos preguntaron si íbamos a hacer el GR-20 y, tras nuestra respuesta afirmativa, nos comentaron que al llamar al albergue -que más tarde descubriríamos que era el mismo que el nuestro- les dijeron que se había publicado un decreto prefectoral por el que se prohibía, dado el fuerte viento y el peligro de incendio por razón de la sequía que asolaba Córcega desde hacía casi cinco meses, la utilización de las sendas que cubrían las dos primeras etapas del camino.








Al bajar del barco nos juntamos con Raúl, otro español, y preguntamos a un gendarme, que reconoció no tener la mínima idea de lo que le estábamos contando.



Seguimos hasta una plaza donde la guía indicaba que se podría coger un taxi. Verdad era, después de esperar más de 30 minutos. Allí conocimos a Jonas, un flamenco del que os hablaré más adelante. Nos juntamos todos para coger un taxi y llegar a Calenzana. Qué experiencia. Nada como los corsos conduciendo. El taxista conducía sin cinturón, con dos teléfonos sonando y a los que contestaba continuamente, a 120 por hora en una carretera limitada a 70, sin líneas de división ni arcén... qué grande (y qué miedo). Poco a poco descubriríamos que, si bien formalmente todas las leyes aprobadas en París son de aplicación en la isla, la práctica se aleja muy sensiblemente de la teoría.



Al llegar al gîte d'étape municipale de Calenzana nos atendió una chica bien simpática. Ella fue la que nos informó del decreto prefectoral y, sobre todo, de cómo toda la gente del refugio, con su ayuda, había organizado un autobús para poder evitar la prohibición y comenzar a andar al día siguiente a mitad de la que era nuestra tercera etapa.



Tranquilos ya, plantamos la tienda, nos fuimos a cenar al pueblo (bien, aunque caro) y nos volvimos a planchar la oreja. La situación de la zona de acampada, al lado de la carretera, es claramente mejorable. Nos hizo tanto calor que acabamos durmiendo con las puertas de la tienda abiertas y fuera del saco.



Al día siguiente nos levantamos con una mala noticia. Una de las varillas de la tienda estaba rota. Menos mal que se me ocurrió meter cinta americana en la mochila. Estuvimos así unos cuantos días hasta descubrimos la mejor de las soluciones.



Lo que ocurriría a partir de aquí es harina de nuevas entrada. Próximamente...

lunes, 24 de septiembre de 2012

εὕρηκα!!!! VI(K)TORIA

¡Eureka! (¡lo he encontrado!) fue precisamente la palabra que el científico griego Arquímedes pronunció al descubrir como calcular la propiedad física de la densidad de los cuerpos sin destruirlos. La victoria en el desafío que le había planteado el rey Hierón II había acabado en victoria.

Esta semana hemos celebrado en este "viejo" continente la Semana Europea de la Movilidad. La noticia la hemos podido ver en todos los telediarios, leer en los diarios y semanarios y escuchar en el dial de la radio. No es nada nuevo que hable de este tema por aquí.

Pero lo que me ha convencido para que cambiase mi publicación de esta semana ha sido el programa que esta viernes y domingo se ha emitido en El Escarabajo Verde.

En este país también "lo hemos conseguido". Eureka, aunque parezca difícil e incluso imposible, aunque otras tantas ciudades de este país no sean capaces de tener una visión transgeneracional y de futuro , una concepción sostenible del crecimiento, aún con sus claros y sus sombras, por fin una ciudad española ha obtenido el título de capital verde europea.


VITORIA es un claro ejemplo de que las cosas se pueden hacer, como dirían los romanos, aliter, de otra manera. Os dejo el video de El Escarabajo Verde de esta semana. Esos son los pasos que me gustaría que se diesen en la ciudad en que yo viviese. Por mi parte intentaré ir dando los que yo pueda para ir sumando granitos de arena. Habrá que ir pensando en hacer una visita a la plaza de la Virgen Blanca y, quién sabe, quizá ver bajar el Celedón.